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    19 May

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    LAS MANOS DEL ABUELO

    ¡Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera!

    El abuelo, con noventa y tantos años, sentado débilmente en la banca del patio. No se movía, solo estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado y entre más tiempo pasaba, me pregunté si estaba bien. Finalmente, no queriendo realmente estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté cómo se sentía.

    Levantó su cabeza, me miró y sonrió. “Sí, estoy bien, gracias por preguntar”, dijo en una fuerte y clara voz.

    “No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.

    “¿Te has mirado jamás tus manos?” preguntó. “Quiero decir, ¿realmente mirarte las manos?”

    Lentamente abrí mis manos y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo. No, creo que realmente nunca las había observado mientras intentaba averiguar qué quería decirme. El abuelo sonrió y me contó esta historia:

    “Detente y piensa por un momento acerca de tus manos, cómo te han servido bien a través de los años. Estas manos, aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida para alcanzar, agarrar y abrazar la vida.

    Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando niño, mi madre me enseñó a plegarlas en oración. Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas. Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas. Se mostraron torpes cuando intenté de sostener a mi recién nacido hijo. Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien especial.

    Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y esposa y cuando caminé por el pasillo con mi hija en su boda. Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas. Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sigue trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen plegando para orar.

    Estas manos son la marca de dónde he estado y la rudeza de mi vida. Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las Suyas cuando me lleve a casa. Y con mis manos, Él me levantará para estar a Su lado y allí utilizaré estas manos para tocar el rostro de Cristo”.

    Nunca volveré a mirar mis manos de la misma manera. Pero recuerdo que Dios estiró las Suyas y tomó las de mi abuelo y se lo llevó a casa.

    Cuando mis manos están heridas o dolidas, pienso en el abuelo. Sé que él ha recibido palmaditas y abrazos de las manos de Dios. Yo también quiero tocar el rostro de Dios y sentir Sus manos en el mío.

    POESÍA DE HADAS

    ¿Fue en las islas de las rosas,
    en el país de los sueños,
    en donde hay niños risueños
    y enjambre de mariposas?
    Quizá.
    En sus grutas doradas,
    con sus diademas de oro,
    allí estaban, como un coro
    de reinas, todas las hadas.
    Las que tienen prisioneros
    a los silfos de la luz,
    las que andan con un capuz
    salpicado de luceros.
    Las que mantos de escarlata
    lucen con regio donaire,
    y las que hienden el aire
    con su varita de plata.

     

    Las hadas —aquella tropa
    brillante—, Delia, que he dicho,
    por un extraño capricho
    fabricaron una copa.
    Rara, bella, sin igual,
    y tan pura como bella,
    pues aún no ha bebido en ella
    ninguna boca mortal.
    De una azucena gentil
    hicieron el cáliz leve,
    que era de polvo de nieve
    y palidez de marfil.
    La copa hecha se pensó
    en qué se pondría en ella
    (que es el todo, niña bella,
    de lo que te cuento yo).
    Una dijo: —La ilusión;
    otra dijo: —La belleza;
    otra dijo: —La riqueza;
    y otra más: —El corazón.
    La Reina Mab, que es discreta,
    dijo a la espléndida tropa:
    —Que se ponga en esa copa
    la felicidad completa.

    Dejó caer la divina
    Reina de acento sonoro,
    algo como gotas de oro
    de una flauta cristalina.
    Ya la Reina Mab habló;
    cesó su olímpico gesto,
    y las hadas tanto han puesto
    que la copa se llenó.
    Amor, delicia, verdad,
    dicha, esplendor y riqueza,
    fe, poderío, belleza...
    ¡Toda la felicidad!...
    Y esta copa se guardó
    pura, sola, inmaculada.
    ¿Dónde?
    En una isla ignorada.
    ¿De dónde?
    ¡Se me olvidó!...
    ¿Fue en las islas de las rosas,
    en el país de los sueños,
    en donde hay niños risueños
    y enjambres de mariposas?
    Esto nada importa aquí,
    pues por decirte escribía
    que esta copa, niña mía,
    la deseo para ti.

    QUE LAS HADAS Y LOS DUENDES OS GUIEN POR LOS SUEÑOS MAS HERMOSOS.